¡Candela! Con ese título tan picante, Huáscar Barradas nos avisó desde 2001 que venía con todo el fuego musical encendido. Este disco se convirtió en la carta de presentación definitiva de lo que significa ser un flautista fusionero sin complejos. Acompañado por su banda Maracaibo —un guiño obvio a sus raíces zulianas—, Barradas construyó aquí su verdadero ADN sonoro: esa mezcla irresistible entre el jazz latino, la música venezolana de toda la vida y esos toques de world fusion que te hacen mover el pie sin darte cuenta.
La variedad del repertorio en Candela es como un buffet musical donde todo está sabroso. Por un lado tienes composiciones propias como «Rumba En Madrid» que te transportan a una noche de fiesta europea con sabor caribeño, y por otro rescata clásicos del folklore nacional como «El Curruchá» pero con su sello personal inconfundible. Lo que más sorprende es cómo se las arregla para meter ahí homenajes a gigantes como Simón Díaz e Ilan Chester, y hasta se atreve con una versión de Pat Metheny. Es como si hubiera invitado a cenar a toda su familia musical y cada quien trajo su plato favorito.
Este álbum marcó el momento en que Barradas dejó de ser «el flautista prometedor» para convertirse en «el tipo que sabe exactamente lo que está haciendo». Candela funciona como una hoja de ruta perfecta de su estilo: aquí están todas las direcciones que tomaría en los años siguientes, pero ya con la madurez suficiente para no perderse en el camino. Es el disco que te pones cuando quieres explicarle a alguien quién es Huáscar Barradas en una sola escuchada, porque tiene toda la candela que su nombre promete.
